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lunes, 17 de diciembre de 2012

AÑO DE MIELES

Definitivamente, este año va a ser año de abejas.
Después de unos días de frío algo intensillo -sí, ya sé, nada para los aguerridos castellanos y leoneses acostumbrados a decenas bajo cero- está haciendo unos días preciosos. Ayer comimos en la mesa del porchecito. Aprovecho para decir que mi maridín se ríe de mí cada vez que lee lo de porchecito. Se cachondea: uy, porchecito, qué cosita más pijita...
Bueno, pues esta bonanza ha hecho que estemos literalmente rodeados de abejas. Están además muy gorditas, grandotas y de un color profundamente intenso en su abdomen y tórax. Algunas van revisando las paredes del maset. Se meten entre las grietas y agujerillos de las piedras.
Las que han desaparecido, de momento, son mis amigas las avispas que anidaban bajo el alero del techo. Sí, mis amiguitas que me picaron en verano en mi tetilla izquierda. Anda que no hacen daño, la madre que las parió. (Perdón por el exabrupto. Desde el cariño, queridos himenópteros míos...)
Ojalá decidieran las abejas hacer una colmena en la pared de la casa. Sé que pueden acceder al interior a través de algunas grietas, porque sus primas las avispas lo hacen: el año pasado, se paseaban tan campantes por la casita, penetrando a través de escabrosos túneles de entrada y salida misteriosas.
No estaría nada mal tener una pared que manara miel.

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