jueves, 26 de noviembre de 2015

BUKOWSKI

Conocí a Charles Bukowski a través de Mikel. Hasta ese momento, no había oído hablar lo más mínimo acerca de él o de su literatura. Es lo que tiene haber nacido en la clase media barcelonesa e ir a colegios normales. Ni en las clases de literatura ni en las de filosofía se hizo nunca mención de este hombre y de su literatura visceral. Ni en ambientes universitarios de ciencias, ni en programas de literatura televisivos ni radiofónicos escuché o vi nada al respecto.
A Mikel, Bukowski se lo presentó Charly Efe., un rapero vitriólico en el Camino de Santiago, muestra fehaciente de que la peregrinación jacobea es enjundiosa y sorpresiva. Tuvo luego excelentes referencias al autor gracias a los impagables consejos de algunos anarcos catalanes durante una cena comunitaria en la zona de Girona, tan pija que parecía ella, ¿verdad? Pues no, que sepáis que en Girona -concretamente, en los entornos de Sant Hilari Sacalm-, se mueven rojeríos varios.
Lo bueno de Bukowski es que escribe con el hígado, mayormente porque lo tenía en modo destilería esponjiforme (qué bien le hubiera ido en estos pueblos del Medio Oeste catalán) y le salían libros chungos y cartas de esas que a uno le gustaría recibir. Por eso nadie menciona a Bukowski en las aulas, ni en las señudas terturlias literarias de los medios. Porque lo que escribe Bukowski lo podría haber escrito yo misma, Mikel, Charly Efe., el anarco de la Pija Girona y algunos más que, por suerte, nos hemos parado en algún momento en la vida, hemos mirado alrededor y hemos dicho: ¿Comorl?....

12 de agosto de 1986
Hola, John:
Gracias por la carta. A veces no duele tanto recordar de dónde venimos. Y tú conoces los lugares de donde yo vengo. Incluso las personas que intentan escribir o hacer películas al respecto, no lo entienden bien. Lo llaman “De 9 a 5”. Sólo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro zoquete dispuesto a tomar tu lugar.
Ya conoces mi viejo dicho: “La esclavitud nunca fue abolida, sólo se amplió para incluir todos los colores”.
Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo.
Cuando era joven no podía creer que la gente diera su vida a cambio de esas condiciones. Ahora que soy viejo sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Por sexo? ¿Por una televisión? ¿Por un automóvil a pagos fijos? ¿Por los niños? ¿Niños que harán justo las mismas cosas?
Desde siempre, cuando era bastante joven e iba de trabajo en trabajo, era suficientemente ingenuo para a veces decirle a mis compañeros: “¡Eh! El jefe podría venir en cualquier momento y echarnos, así como así, ¿no se dan cuenta?”.
Ellos lo único que hacían era mirarme. Les estaba ofreciendo algo que ellos no querían hacer entrar a su mente.
Ahora, en la industria, hay muchísimos despidos (acererías muertas, cambios técnicos y otras circunstancias en el lugar de trabajo). Los despidos son por cientos de miles y sus rostros son de sorpresa:
“Estuve aquí 35 años…”.
“No es justo…”.
“No sé qué hacer…”.
A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía verlo. ¿Por qué ellos no? Me di cuenta de que la banca del parque era igual de buena, que ser cantinero era igual de bueno. ¿Por qué no estar primero aquí antes de que me pusiera allá? ¿Por qué esperar?
Escribí con asco en contra de todo ello. Fue un alivio sacar de mi sistema toda esa mierda. Y ahora estoy aquí: un “escritor profesional”. Pasados los primeros 50 años, he descubierto que hay otros ascos más allá del sistema.
Recuerdo que una vez, trabajando como empacador en una compañía de artículos de iluminación, uno de mis compañeros dijo de pronto: “¡Nunca seré libre!”.
Uno de los jefes caminaba por ahí (su nombre era Morrie) y soltó una carcajada deliciosa, disfrutando el hecho de que ese sujeto estuviera atrapado de por vida.
Así que la suerte de, finalmente, haber salido de esos lugares, sin importar cuánto tiempo tomó, me ha dado una especie de felicidad, la felicidad alegre del milagro. Escribo ahora con una mente vieja y con un cuerpo viejo, mucho tiempo después del que la mayoría creería en continuar con esto, pero dado que empecé tan tarde, me debo a mí mismo ser persistente, y cuando las palabras comiencen a fallar y tenga que recibir ayuda para subir las escaleras y no pueda distinguir un azulejo de una grapa, todavía sentiré que algo dentro de mí recordará (sin importar qué tan lejos me haya ido) cómo llegué en medio del asesinato y la confusión y la pena hacia, al menos, una muerte generosa.
No haber desperdiciado por completo la vida parece ser un logro, al menos para mí.
Tu muchacho,
Hank

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