Allá donde veáis un ciprés, allá hay lugar de acogida. Descendiendo del macizo montañoso pasamos por una construcción medio derruida: es la nota de la decadencia de todo lo humano en medio de la naturaleza plena. Más abajo se ven cipreses.
El lugarcillo es la ermita de Sant Antoni dels Reguers. Tan humilde que abre su puerta sin miedo.
Seguimos caminando y nos encontramos otra vez el río Canaleta, o Canaletes, que de ambas forman lo llaman, así que a descalzarse y arremangarse de nuevo. Aquí baja con más caudal y más bravo. Lo cruzamos, pero no será la última ocasión: para llegar al punto de partida hay que atravesarlo por el mismo sitio donde lo hicimos la primera vez.
Y ya llegamos donde tenemos las provisiones, un casalón enorme que fue restaurante y ahora está cerrado y que nos brinda un lugar donde extender nuestra cestilla de alimentos. Hay a su vera lo que parece fue un horno antiguo.
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