lunes, 31 de marzo de 2025

MONSAGRE. LA CUEVA

 


Al Monsagre se va porque se tiene que ir, porque es mole prodigiosa. Y si vas, encuentras.

En primer lugar, una paz intrínseca que es debida a la escasa presencia de Homo sapiens. El paisaje vibra sin miedo, se expande.

Agua, mucha agua. Para llegar a donde nos guía el caminar tenemos que cruzar un río. Nos descalzamos y nos arremangamos los camales del pantalón. El agua está muy fría.

Ascendemos por sembrados de cereal verdes como piedras preciosas. Seguimos un sendero inexistente, que es ladera y que, como todos los caminillos montanos, acaba encabritado, agreste. No sin esfuerzo alcanzamos un camino mayor que nos lleva a una gran casa. Su propietario anda por allí y nos dice que más arriba hay una cueva, pequeña pero significativa.


La cueva está anunciada por dos pilares de piedra que, mirando al oeste, enmarcan la silueta vetusta de la montaña de Santa Bárbara. La entrada es un prodigio del plegamiento que originó estos montes.



Dentro, cosas de humanos y una caja para nido de murciélagos. Gente de buena voluntad pues.




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