domingo, 5 de julio de 2026

CUARTAS VÍCTIMAS DEL CALOR

 Las tomateras pueden tolerar temperaturas máximas de hasta 35 °C a 40 °C por periodos cortos, pero su crecimiento y producción se ven seriamente afectados por encima de los 30 °C. Para mantenerlas con vida en el huerto sisquellano estamos pasándolas canutas, porque -como no podía ser de otra manera- se están rostizando, a pesar de la malla de sombraje, el riego por goteo y el plástico protector. ¿Por qué?

Por encima de los 30 °C - 32 °C el polen se vuelve estéril, lo que provoca la caída de las flores y hace que no se formen nuevos tomates. Fantástica perspectiva, vive Dios.

Con calor extremo, la planta entra en modo de supervivencia y detiene su desarrollo. 

Los frutos ya formados pueden sufrir quemaduras solares (manchas blanquecinas) y madurar mal, ya que el exceso de calor bloquea los pigmentos que les dan el color rojo.

Las campeonas de la resistencia: los tomates de colgar sisquellanos, claro. Las víctimas absolutas: los Corazón de buey. Los primeros, adaptados al pertinaz secanaje, van medrando; su sistema radicular suele ser más eficiente y sus hojas gestionan mejor la transpiración para no perder agua desesperadamente. Pero los más genéticamente inadaptados Cor de Bou no gestionan bien el estrés hídrico ni las temperaturas extremas. Es probable que hayan abortado las raíces finas por el calor del suelo. No queda otra que aumentar el acolchado de paja y esperar a ver qué pasa. No las arrancaré porque siempre guardo una esperanza de recuperación y porque algún tomate van haciendo.

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