El pistolero ha llegado al pueblo. Su fama le ha precedido. Pero no importa: cuanto peor, mejor, como dijo aquel.
A su paso, los visillos de las ventanas en lugar de abrirse se cierran más, que no sospeche que lo miran. 'Una sola mirada bastará para matarte', emana la energía de sus ojos estrechos, como puñaladas en un tomate.
El pistolero vegeta. No hace nada. Se apoya en un portón sombreado y ve pasar el tiempo. Casi mejor, porque, según dicen en otros pueblos de Arizona por donde ha pasado, todo lo que toca lo destruye.
Su mal carácter es proverbial. Al poder ya le va bien y lo contratan para mantener enjaezados a los súbditos. Que por cierto, asustadizos como son, no se atreven a plantarle cara. Todo se rumorea, se sisea, pero cuando lo ven llegar agachan la cabeza. Como en las pelis del oeste, sí. Sólo un par de mujeres (no podía ser de otra manera) lo han puesto a caer de un burro en su cara. Pero el tipo, que es un corcho, flota en el mar de improperios. Se la peina todo.
El pistolero se hará el amo del lugar sin duda. La historia se repite, siempre. Pero a mí me importa un rábano de secano. A disfrutar lo elegido.


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