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viernes, 15 de mayo de 2015

EL TAMARUGO FRENTE A LA DESERTIZACION

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Me hace mucha gracia la gente que habla de el hombre frente a la naturaleza o el efecto que produce la actividad humana sobre el resto del planeta. Como si el ser humano no fuera parte de esa entelequia compuesta de mil y un factores que hemos dado en llamar así: naturaleza, los más optimistas, Madre Naturaleza. Me recuerdan a esos niños que protestan frente a la dureza de la vida ante unos padres incapaces de aportar soluciones con aquella frase tan odiada por los patriarcas y matriarcas de todos los tiempos: pues no habernos tenido. La actitud del hombre viene a ser esa misma, no por infantil menos cierta.  ¿Viviría mejor el planeta sin humanos?
Si existimos como especie, es porque podemos existir. Cumplimos todas y cada una de las normas y leyes de esa Naturaleza que nos rodea. Y por lo tanto, todas y cada una de nuestras actividades forma parte de ese posible, de esa naturaleza en la que estamos incluidos de manera inexorable.
¿Que generamos CO2? Pues sí, lo hacemos, y el efecto que provoca su exceso es también parte de esa naturaleza del planeta. Tendemos a pensar en efectos buenos y malos según nuestro criterio, a todas luces totalmente económico en lo que llevamos de siglo. Pues vaya, igual a nivel planetario, va a resultar mejor que el CO2 sea más alto. Aunque lo más seguro es que no sea nada ni bueno ni malo, sino simplemente posible.      
Hay una parte de personas que piensan que la introducción de especies ajenas a un ecosistema es una cosa mala. Intrínsecamente mala, pues se da el caso que suelen competir con las especies autóctonas y por una azarosa ventaja evolutiva, acaban desplazándolas. Estas personas abogan por la no introducción de ninguna especie extraña a un ecosistema dado.
No estoy de acuerdo. Puesto que somos parte del planeta, nuestras acciones son correctas. Sino, no habernos tenido, no habernos dejado evolucionar como especie. Además, hay que destacar que tampoco eran autóctonas ni el pimiento, ni el tomate, ni la patata, ni tantas y tantas plantas hortícolas que provienen de América…
El clima cambia y las condiciones se extreman. Pero hay soluciones. Otros seres lo han logrado. Traigámoslos aquí.
Es el caso del  Prosopis tamarugo. Este árbol crece en los desiertos chilenos que sufren un clima mediterráneo seco. Su particularidad consiste en que su sistema radicular es tan profundo que llega a las capas freáticas más hondas del subsuelo. Y luego existe una segunda particularidad, algo discutida pero contemplada en la literatura de la Fisiología Vegetal: durante la noche, los foliolos del tamarugo captan las gotas del rocío, y por un mecanismo aún no conocido en su totalidad, hacen bajar este agua hasta las raíces por un inquietante mecanismos inverso y riegan el suelo, para que ese agua pueda ser aprovechada durante la jornada diurna siguiente. Son capaces de crecer en zonas imposibles. El tamarugo es una leguminosa forrajera muy amiga de las cabras.
Es necesario introducir estas nuevas especies en zonas áridas como ésta en la que vivimos, para ampliar las opciones de captar agua frente a un conjunto de parámetros climáticos sin duda alguna ya claramente más y más desfavorables a lo largo del tiempo.                                                                                                                  

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