Un niño corre descalzo por el campo. Se pincha, pero no llora. El sol toca su piel. Y el aire le refresca.
El niño es pequeño: aún no tiene tres años. Este pequeño ser humano aún no ha ido al colegio: le toca el próximo año. Pero el niño habla y entiende varios idiomas comunitarios. No ha necesitado escuelas: sus padres se los han transmitido.
Es necesario cambiar nuestros parámetros educativos: lo que se enseña en los colegios, encerrados entre paredes, con todo el mundo al parecer a disgusto (alumnos anodinos, maestros en permanente situación de cuestionamiento, padres desencantados...) puede enseñarse de otra manera. Y puede aprenderse de otra manera.
Este niño, si sus padres se lo enseñan, sabrá distinguir entre las estrellas los caminos del cielo: podrá, con un golpe de vista, situarse en un paraje desconocido, y conocer al momento los puntos cardinales. Sabrá de hierbas, de cultivos, de animales. No le asustan los perros, toca la tierra, juega con ella...esto es posible en un ambiente familiar adecuado. Un ambiente donde puede perfectamente haber personas adultas que están hablando en un idioma, pero si uno no lo entiende, se habla en otro, se consulta, se habla en varios idiomas a la vez, se vuelve a preguntar, se buscan las palabras, se COMUNICA. El idioma es eso: comunicación. Y los idiomas están a nuestro servicio. Somos más ricos en cuanto tenemos mayor capacidad de poder comunicarnos y hacer posible el intercambio de ideas y conceptos con nuestros semejantes. Y es que hace poco he asistido de nuevo a la vieja y cansina polémica del castellano-catalán...
Qué hermoso puede ser Babel: basta con buena voluntad...como en todo. Es la sencillez la vida: la buena voluntad. Y el hacernos los unos a los otros la vida lo más agradable posible.