Parece que es una tendencia bastante extendida últimamente. En la radio he oído ya a varias personas recordar con añoranza esos magníficos años, los 70. Yo era pequeña, pero los recuerdo como una época de manifestaciones, de movidas, de ambiente familiar tranquilo, de trabajo, de estudio. De programas de fin de año con señoras escotadas enseñando pechuga. Películas españolas locas, con tetas a mansalva. Los futbolistas llevaban los pantalones muy cortos, enseñando esas cachas magníficas (ahora parece que lleven calzones de abuelete) y marcando paquete. Los hippies...la gente flipando...psicotrópicos...experiencias en la India...Incluso había más libertad que ahora, tan avanzaditos que nos creemos. En la película Aterriza como puedas hay un diálogo en la cabina del avión entre el comandante y un niño. El comandante le va preguntando a la criatura si le gusta mirar hombres en los gimnasios, y qué le parecen los tíos vestidos de romano y untados de aceite. Eso lo rueda alguien hoy en día y lo meten en el trullo por apología de la pederastia...cómo han cambiado los tiempos...
Bueno, siempre podemos volver a recuperar momentos perdidos. Todo es proponérselo. No me digáis que no quedo yo ambientada en la época, con mi flor, mi gorrito y mis naranjas (la flor, de plástico y las naranjas, amargas, pero no se sabe). Paz y amor...





¿Qué hacemos con estos pelos? Yo, con el caniche me atrevo, pero...¿con mi marido? La verdad es que empieza a parecer uno de esos tíos que están por los mares del sur haciendo surf todo el día, comiendo cocos y esperando a la ola perfecta. Yo de momento voy trampeando, porque me voy recortando el flequillo y el resto, que crezca, pero hay que reconocer que el pelo largo es incómodo a la hora de lavarlo...parece la fiesta de la espuma...mi maridín me ha solicitado esta mañana que le recorte sólo un poquito las puntas de su melenar...uy, uy, uy...es que cuando lo lleva mojado, le queda arreglado, pero cuando se le reseca con el viento, parece realmente Albert Einstein...y yo, el otro día que me recorté el flequillo, me dí cuenta de que me parecía sospechosamente a aquellos guerreros malvados que salen en las primeras escenas de Conan el bárbaro, y que le cortan la cabeza a la madre de Conan niño con un espadón. 

El gemelo Póllux nos permite amablemente usar una de sus patas para presentar un precioso ejemplo de adaptación animal perfecta al medio: no he visto una manera más firme, pero a la vez flexible y ágil, de agarrarse a las rocas. Las pezuñas de las cabras les permiten sostenerse en superficies totalmente verticales, sin el menor atisbo de duda. Y no sólo sostenerse, sino avanzar y correr sobre rocas abismales. Esta magnífica capacidad proviene de dos cosas, que nos pueden hacer pensar en caminos a seguir: flexibilidad y adaptabilidad. Yo pensaba, antes de tener cabras, que sus pezuñas eran duras, como los cascos de los caballos. Pero no es así: aunque externamente tienen un aspecto coriáceo, son blandas; sobre todo por la parte de abajo, que está formada por una almohadilla carnosa y rugosa. Además, cada uno de los dos dedos es independiente del otro, de manera que la articulación permite una serie de torsiones de gran elasticidad. Y esto multiplicado por cuatro patas...es magnífico ver las cabriolas que hacen en rocas y paredes montañosas totalmente verticales. Aunque son un poco malignas...los tres pimpollitos jóvenes, a saber, Cástor, Póllux y Onga, juegan a despeñarse mútuamente de las rocas...y con mala leche, diría yo...angelitos...