Qué octubre más feo en las tierras sisquellanas, por Dios. Hierba seca, jarillas perdidas, romeros agostados, tomillo sin aroma, petrificado; pinos jóvenes de un color verde agonizante, sabinas muertas. Han resistido los vegetales lo que han podido y más, pero no ha podido ser. Incluso por la radio escuché días atrás a una señora que se dedica a las hierbas medicinales diciendo que en la Ribera d'Ebre ya se tenía que empezar a pensar en hacer reservas de regadío de plantas aromáticas porque se estaban secando. Se avisó hace años, pero ni siquiera se hizo nada por repoblar el bosque quemado del incendio de 2019. Los árboles llaman a las nubes, es también conocido de los ciclos hidrológicos, pero nah, desidia.
Los pinos pequeños se están secando.
Anuncian lluvias torrenciales pero aquí no han llegado. Las que dicen que llegan esta noche no sé si servirán ya.
Por contra, en tierras aragonesas como els Ports de Beceite ha habido superávit sobre la media anual de precipitación. En el Matarranya llueve con ganas. Eso nos alegra muchísimo y a mí me quita un mal peso de encima. No todo está perdido, ¡y es cuestión de moverse!



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